EL FIN DE LOS TIEMPOS: La increíble hormiga pensante (III)
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Nadie debería juzgarme por la hormiga que he sido hasta ahora —dedujo del desinterés que infundía su situación—, ni tan siquiera por la que hubiese sido toda la vida si no llego a caer en esta trampa con la que los árboles vengan su quietud. ¿Quién podría exigirme que obviase tamaña herencia genética. Ha sido necesario un hecho traumático, que tutee a la muerte sin garantías de ganarme su respeto, para romper la secuencia de programadas obligaciones a la que estaba predestinado desde que nací. Si al menos pudiese articular algún tipo de sonido que me permitiera expresar, con un tono agónico, mi grado de desesperación. Proclamaría sin cesar la infinitud de mi agradecimiento a quien decidiese ayudarme a salir de este trance. Me proclamaría su deudor eterno...